jueves, 18 de enero de 2018

Para qué ponerlo fácil

Desde hace un tiempo vengo observando que a la humanidad, en general, nos encanta complicarnos las cosas. Somos así y ya está. Con la de años que hace que existimos, a estas alturas, no la vamos a cambiar ya.

Un ejemplo claro son los teclados numéricos. Una cosa tan moderna, apenas de dos siglos para atrás, ¿no los podíamos haber hecho ya desde el principio todos iguales? ¿Por qué mierdas los numeritos del teclado del teléfono van del 1 al 9 y los de los ordenadores 79456123? Y encima, si te equivocas al interlocutor le importa un pito tu disfunción cerebral con los teclados. Pero seguimos para bingo, que a la que llegas a casa, en el amodorramiento de sofá y tele... ¡Bam! ¡El mando es 1 al 9! ¡Hola!, ¿Está el Sr. Netflix?

Asín de número, otra cosa que me trae loca es en el gimnasio por qué te dicen ¡Venga, ahora ocho movimientos haciendo tal! Y mi cabeza empieza, uno, dos, tres... y el profe a mitad de mi cuenta, ¡Ánimo equipo! Tres, dos... ¡NOOOO! ¡Voy por el cuatro, tiparracoooo! ¿Acaso se creen que por contar hacia atrás se va hacer más ligero? ¿Por qué esa manipulación mental? Lo único que hace es liarme y perderme y ver cómo hago el mongolo delante de un espejo para perder cuatro grasas sobrantes de mi cuerpo. ¿Es una conspiración judeomasónica que enseñan en el INEF?

Hace poco, como viene siendo costumbre en Catalunya ya, tuvimos elecciones y en el colegio en lugar de numerar las mesas por orden estaban puestas a la babalá. Mira que era fácil, eh, iban de la 61 a la 71, pues con la gente que había y parecíamos todos pollos sin cabeza buscando nuestra mesa. ¡Mira allí va la 64! Dijo una abuelilla como si fuera la mesa a levantarse con sus cuatro patas y salir corriendo. 

¿Por qué siempre lo normal es que triunfe el caos y el libre albedrío a la lógica? ¡Que hay gente maniática por el mundo, per lamordedeunostrusenió!

sábado, 9 de diciembre de 2017

Dos gafes por Europa

El mes pasado un grupo fantástico nos proporcionó la idea de irnos a manifestarnos a Bruselas por nuestra causa. La libertad de nuestra querida Catalunya atada de pies y manos por un artículo que... Bueno, que no diré nada por riesgo de prisión de la pobre bloguera de turno dando su opinión.

El caso es que en este foro fueron colgando ofertas para viajar tanto a la capital de Bélgica como a los alrededores. Finamente, nos decidimos por un ir y venir en tres días a Düsseldorf y desde allí ir en autocar a la manifa. Muy barato, muy económico y un pim, pam, pum.

Ah, amigos y fans en general pero la vieja Europa no contaba con mamá gafe y su ya no tan joven retoño. Dos gafes como la copa de un pino sin hojas.

Empezamos el viaje con una pésima organización de la agencia que nos había ofertado el viaje. Hasta dos días antes de partir no tuvimos toda la documentación necesaria.  Cuando fui a sacarnos la tarjeta de embarque online, la página de la compañía me dice que tararí que te vi o pago 20€ como preferente o nanai de nanai. Llamo al numerico de atención al cliente y me dicen que si no quiero pagar los dineros extras tengo que ir dos horas antes y hacer el check-in en el mostrador del aeropuerto.

Con unos nervios que paqué temiendo una cola tremenda para pasar la seguridad conseguimos llegar a tiempo a nuestro vuelo y el cual fue medio agradable. 

Llegamos a Düsseldorf a la hora prevista y allí tardamos unos diez minutos en encontrar a los chicos que nos tenían que llevar hasta nuestro hotel y otros tantos minutos a rejuntarnos con el resto del grupo que tenían que venir con nosotras.

Casi una hora después ya  estábamos frente a nuestro hotel y sin poder entrar. Diez personas y nuestros tres chóferes autóctonos de la ciudad mirando una máquina y pulsando números al azar en un teclado para averiguar la combinación ganadora que abría la puerta. 

Tardamos un buen rato en darnos cuenta que ese trasto era una máquina expendedora de tarjetas con un número pegado donde indicaba nuestra habitación y que si la pasabas por un sensor y corrías como un gamo hacia la puerta podías entrar en el hotel. 

A las cinco de la mañana nos sonó el despertador porque a las seis teníamos que estar en la estación de autobuses. Identificamos a varios de los nuestros por la indumentaria predominantemente amarilla y nos subimos a uno de los autocares. A los cinco minutos y después de haber ocupado todos los asientos, llega el teórico organizador del viaje y nos indica que debemos bajar porque ese no era y nos teníamos que cambiar. Pilla todos los bártulos que no son pocos, entre ellos, abrigos, bufanda, gorro, guantes, mochila... y apa la misma mandanga en autocar idéntico con personas idénticas.

Después de tres horas y pico conseguimos llegar hasta el punto de encuentro de la mani. La marea amarilla era impresionante pero después de tantas horas y sin haber desayunado nada la vejiga apretaba y la barriga rugía como un león.

Tremenda suerte tuvimos de encontrar una cafetería que por el módico precio de 5,50€, nos sirvieron dos cafés con leche aguachirri y tras treinta y cinco minutos de cola pudimos hacer un pipirrín.

Listas, preparadas y emocionadas nos fuimos hacia el tumulto con nuestros compatriotas. Cantamos, gritamos, agitamos unos globitos amarillos comprados de los chinos y al cabo de una hora larga pasando un frío de mil demonios y sin movernos un centímetro para adelante a nuestros culos les empieza a llegar un airecito gélido poco normal. Nos giramos y sin saber cómo de estar en el centro de la masa a cual abducción masiva vimos que habían desaparecido todos los catalanes que, hasta ese momento, nos cubrían la retaguardia. Miramos a la derecha y nos dimos cuenta que había gente que se iba por una callejuela del parque donde estábamos y como ya se sabe que donde va Vicente, va la gente, allí que nos fuimos. 

Al final, de todo el recorrido que se suponía que teníamos que hacer solo anduvimos dos manzanas bordeando el parque. No vimos ni a nuestro Presidente ni ná pero nos encontramos con otro ex-presidente, no de la Generalitat, que estos no pierden su título por supuesta pérdida de cargo, sino al antiguo presidente del Barça Jan Laporta. ¿Os acordáis de él? 

Como apenas habíamos podido desayunar hicimos un intento de ir a comer algo caliente. Bruselas estaba desbordada por unos 45.000 catalanets, mil arriba, mil abajo. Después de meter la cabecita en varios bares y restaurantes a petar de gente, apostamos por un italiano. Grave error, nos tuvieron casi una hora y pico esperando para acabar decidiendo que no nos daría tiempo de nada y tuvimos que pillar unos bocatas al súper que no nos comimos hasta la noche porque priorizamos tomar algo caliente, aunque fuera un café a precio desorbitado en la cafetería donde habíamos desayunado que, al menos, eran rápidos y eficaces. Pero como premio de fidelidad o porque ya no sabían ni lo que se hacían con tanta gente, el mismo pedido nos costó solo 4€. ¡Ofertón!

El autocar de regreso salió con media hora de retraso porque unos pasajeros llegaron tarde y en el momento en que el conductor puso la llave en el contacto enfadadísimo y dispuesto a dejarlos en tierra aparecieron de la nada. Con un atasco de dos horas porque muy bonito lo de Omplim Brusel.les pero la operación Sortim de Brusel.les en un solo carril y en hora punta, parda fue poco la que se lió, nos multiplicó el viaje en cuatro horas y pico de vuelta.

Llegamos a Düsseldorf entumecidas y hechas un cuatro. Como llovía y el frío nos lo habíamos traído con nosotras nos fuimos al hotel a descansar y zamparnos el bocadillo de la comida. 

Una ducha, debate en la tele del 21D y a roncar como unas verdaderas cerdas. Menos mal que estábamos en la azotea y siempre podíamos acusar del tronar de nuestras respiraciones al viento y al gorjeo de los pájaros.

La vuelta a Barcelona al día siguiente, no fue menos accidentada. A la hora que nos tenían que recoger en el hotel, el transporte no apareció. Una hora más tarde y con los nervios de punta, nuestro grupo en rebeldía y en asamblea decidió coger unos taxis. Como caía una nevada de aupa, efectivamente el centro de Düsseldorf estaba colapsado. Sin tarjeta de embarque con el tiempo extra justo y como dos bobas al borde del infarto mirando por la ventanilla del coche como caían los copos de nieve como dos niñas chicas.

Llegamos a tiempo para pasar el control, en el cual mi patetismo se manifestó en modo de tomate en mi calcetín cuando una señorita de seguridad me pidió que me sacara las botas.

El avión que nos tenía que llevar acababa de aterrizar pero con una persona mucho más gafe que nosotras ya que le había dado un jamacuco y nos tuvimos que esperar hasta que llegara la ambulancia y pudieran salir el resto de pasajeros. A todas estas, la nevada en cuestión de segundos se intensificó y dejó tanto la pista como el avión como una estampa navideña. Lo que originó que dos horas después de la previsión de salida del vuelo, estando dentro del avión, pudiéramos ver a un camión con un brazo grúa, en el que tenía un robotito en la punta, rociar agua caliente quitando la nieve y el hielo que tenían las alas.


De tener que llegar a las seis de la tarde llegamos a las ocho y cuarto pero feliz por haber participado al lado de tanta gente pidiendo justicia y demostrándole a Europa que somos un país capaz de cualquier cosa y muy orgullosa de haber podido ir con mi madre, en un momento tan histórico, que nos quedará siempre para el recuerdo.



martes, 5 de diciembre de 2017

La lenteja y el Betadine

Sí, lo sé, os estaréis preguntando qué demonios tendrá que ver una lenteja con un desinfectante cutáneo. Hace mil que esta no escribe y ahora nos viene la loca con acertijos. Fácil, queridos amigos y fans en general, fácil.

Resulta, que tengo una peca en la barriga. Bueno, no, tengo tres, muy diferentes entre ellas en forma y tamaño. La que se halla en medio parecía una pequeña lentejita muy mona, de esas que usas para una buena ensalada en verano. El problema es que con los años mi panza ha ido en aumento. Y yo, que no soy dadas a las ciencias médicas pensaba que la lentejilla iba aumentando según mi gordura corporal, como esos tatuajes que ves a la gente que parecen dalinianos de tan deformes que se les han hecho. 

Como a estas alturas ya tenía una lenteja to gorda de cocido, decidí ir al médico y este me dijo que mis lógicas estaban equivocadas. Que las pecas son organismos vivos que van a su bola, no tiene nada que ver con que mi barrigón se haya distendido hacia el horizonte y que por sí solas también tienden a agrandarse.

Así que, cogió su chisme de nitrógeno congelado y a cual Ferràn Adrià me quemó la lenteja. Me dijo que me dolería, cosa que no hizo y me dijo que, si quería y lo creía conveniente, me pusiera Betadine.

Como soy una rata y como aquí las farmacias el precio de sus productos van según el barrio, pudiendo variar de uno a dos euros según el producto, lo que me parece un robo a mano armada y una mafia para darles de comer a parte, intento comprar por internet. Que a la que compras dos artículos ya de sobras has amortizado los gastos de envío. 

Pero como sabemos las compas de internet no siempre llegan cuando uno lo desea y después de tanto blackfriday, cibermonday, y blackpollassales están las agencias de transportes desbordadas. A todas estas, mi lenteja le ha importado más bien poco que la fulminarán con un rayo congelador y ahí está tan alegremente. No sé si lo que pretendía el médico era desactivarla y matar al organismo dejando el embellecimiento que lo envuelve pero ahora mismo se ve igual que antes salvo por una aureola rojiza a su alrededor.

Por lo tanto, desconozco si algún día me caerá esa peca y será entonces cuando necesite el Betadine y, de ser así, ya me habrá llegado o no y me quedará un Cristo en mi barriguita sexy. De momento, todo sigue igual que antes del achicharre. ¿Normal? Pues no sé yo, eh...